Las quemaduras solares son un clásico del verano.
Consisten en un eritema (enrojecimiento de la piel) que cursa muchas veces con
inflamación y dolor. Pese a que generalmente no les demos mucha importancia, si
la exposición es muy prolongada pueden llegar a producirse hasta lesiones de
segundo grado en las que aparecen ampollas.
Las lesiones características de la quemadura solar se
deben a que la radiación ultravioleta (UV) del sol es capaz de penetrar en la
células de la piel y afectar a su ADN. Como consecuencia las células cutáneas
producen una serie de sustancias, entre ellas diversas proteínas y enzimas.
Estas moléculas actúan sobre la piel dilatando los capilares sanguíneos
(enrojecimiento) y haciendo que se concentren en la zona afectada células inflamatorias
(hinchazón y dolor).
Todo el mundo habrá observado que estos síntomas no
aparecen inmediatamente después de la exposición solar. La
producción de sustancias derivadas de la acción de la radiación UV puede tardar
en aparecer entre 4 y 6 horas. Es por eso que solemos darnos cuenta una vez ha
transcurrido el día o tomamos una ducha.
Los
daños en el ADN celular pueden llegar a ser tan severos como para que las
células cutáneas mueran y la piel se desprenda ("nos pelamos").
Aunque el organismo dispone de mecanismos de reparación cutánea y del ADN de
las células dérmicas, si el daño es repetido y prolongado en el tiempo esos
mecanismos pueden llegar a fallar y dar lugar a mutaciones genéticas en el ADN
que terminen derivando en un cáncer de piel.
Imagen: http://www.nlm.nih.gov/

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